El Llamado del Cosmos

Dicen que el arte no se explica. Puede ser cierto, pero también creo que hay poca voluntad por parte de algunos artistas a hacer que su -nuestra- actividad deje de ser exclusiva de una elite. En este texto no pretendo reducir la música a palabras, sino más bien, acompañarla de las reflexiones extramusicales que se me fueron dando a medida que componía este disco, así que comencemos.

Partida

Una introducción breve y sencilla, que busca homologarse a los momentos previos al despegue de la Vostok, momentos de tensión, pero también -imagino- de una gran añoranza, de conciencia acerca de la dimensión de la proeza buscada.

El llamado del Cielo

Como dijese Carl Sagan en la serie “Cosmos”, una parte de nosotros parece saber que venimos de las profundidades del universo, y anhelamos regresar. El Cielo, lugar mítico de la tradición religiosa occidental, supone el encuentro con la trascendencia, con un Creador que nos entregará todos los consuelos y todas las respuestas. La carrera espacial, especialmente la soviética, busca lo mismo pero bajo una visión del mundo ya desprendida de la religión; el cielo, que en nuestro idioma también se refiere a la bóveda celeste, nos llama y queremos llegar a él. Sabemos que de su indagación obtendremos las respuestas que siempre hemos buscado, y esa aventura nos estremece. El viaje de Gagarin encarna así un componente místico, pero un misticismo laico, un misticismo pragmático y material: alcanzar la verdad.

Los arreglos corales y orquestales buscan así dar ese aspecto sacro, pero conjugado con un bajo y una batería; instrumentos profanos y modernos. Al final, comienza a insinuarse y a apoderarse del desarrollo armónico una figura rítmica con base pedal inspirada en la música centroasiática, y también en la música modal eslava, para así mostrar esa búsqueda de sacralidad como algo transversal al ser humano, en todas las épocas.

El ascenso del Este

Vostok, el nombre de la nave que transportó a Yuri Gagarin, significa “Este”. El primer hombre en el espacio fue un soviético, y fue la reivindicación de una alteridad cultural al “oeste”, a la modernidad capitalista judeocristiana occidental. Son evidentes y ya reconocidas las motivaciones políticas, o más específicamente culturales y estéticas de la carrera espacial, las que en ocasiones habrían pesado incluso más que los intereses puramente científicos. Esto en ningún caso invalida o minimiza el aporte a la ciencia de la exploración del cosmos, sino que por el contrario, reafirma al conocimiento científico como parte fundamental y profunda de la condición humana; el deseo de comprender el mundo en que se vive y el fenómeno de la vida, acompañado del asombro, recogimiento y estremecimiento que ofrecen los descubrimientos.

La empresa espacial de la U.R.S.S. viene a ser una segunda etapa en su búsqueda de legitimidad y afianzamiento político como nación socialista. El realismo artístico impuesto con salvajismo por Stalin, se abría paso a una conquista de la subjetividad hecha ahora por medio de alcanzar el universo tangiblemente, en definitiva, era la promesa realizada de conquistar la Verdad.

Los sintetizadores buscan rememorar el rock espacial, surgido al amparo de la prolífica ciencia ficción de los 60 y 70, cuyo enriquecimiento fue consecuencia artística directa de la carrera espacial. El “ascenso del este”, es decir, el vuelo de la Vostok y la búsqueda soviética, no estuvieron exentos de riesgos, peligros, y catástrofes. El tema transita así por disonancias, por irregularidades rítmicas, así como por momentos tonales familiares.

Hermosa fragilidad de la vida

Yuri Gagarin al ver que estaba fuera de nuestro planeta, y al contemplarlo en la vastedad del cosmos, dijo por radio: “Pobladores del mundo, salvaguardemos esta belleza, no la destruyamos”. Quizá el logro más valioso de la exploración del espacio, haya sido la plena conciencia, por primera vez en la humanidad, de nuestra fragilidad, de lo circunstancial y por ende, maravilloso del hecho de que existamos. La visión por la ventanilla de la Vostok de los paisajes terrestres, así como la fotografía de la tierra tomada durante la misión Apolo 11, son un recordatorio de la responsabilidad que tenemos como especie de mantener nuestro hogar, ya que por mucho tiempo más, no habrá otro.

El tema se compone de una base armónica arpegiada mediante un ostinato, y una sencilla melodía, buscando en esta solución minimalista un efecto similar a la percepción de Gagarin: fragilidad, sencillez, belleza.

No vi ningún dios

Los medios internacionales difundieron un rumor: Yuri Gagarin habría dicho en el comos de forma irónica “no veo ningún dios aquí”, sin embargo los hechos indicaron que el verdadero autor de esta expresión había sido Nikita Jruschiov, y en momentos muy posteriores al fin de la misión. Sea como sea, esta expresión revela una de las intenciones ideológicas del primer viaje espacial: una perspectiva cósmica laica, materialista, que pudiese servir de base empírica a la ideología comunista, y que logró trascender más allá, como una concepción humanista secular de la vida y de la sociedad. El universo era ahora una fría multiplicidad del vacío, sin propósito y sin una moral inherente, así entonces, sin resguardo para nuestros errores ni premios eternos a nuestros aciertos, la responsabilidad humana se acrecienta y el valor de la vida y su respeto, están en nuestras manos.

Esta perspectiva secular y materialista, no es por ende menos espiritual, pues reasigna el sentido trascendente ya no a una realidad metafísica, sino que a las consecuencias de nuestros actos, y a la motivación de desentrañar la verdad del cosmos como impulso natural de nuestra curiosidad. Gagarin no vio a ningún dios, pero al ver al universo en su plenitud, sí vio el trasfondo de lo que la humanidad por milenios ha buscado ejemplificar bajo el concepto de dios.

El inicio corresponde a “Remember O Thou Man” de Thomas Ravenscraft, obra religiosa del alto renacimiento que en su letra advierte a los humanos de su futilidad, de su destino trágico, de la inutilidad de sus ansias de poder ante los designios divinos. La armonía inicial se varía tonalmente, llegando a una pieza que se mueve entre orden y caos, entre multiplicidad de timbres y motivos casi ininteligibles y segmentos cercanos al pop. La necesidad milenaria de la divinidad, es la necesidad de un orden que nos resguarde del aparente caos del mundo. La carrera espacial no eliminó tal búsqueda, sino que tan solo contribuyó a desplazar el eje desde el mito hacia la investigación y los hechos.

Vámonos (Поехали!)

Con júbilo, con algo de miedo, pero con la convicción del deber, Yuri Gagarin exclamó esta breve palabra al momento de despegar, en plural, asumiendo inconscientemente que su viaje no era personal sino que nacional, y quizá también la travesía de toda una especie alrededor de su mundo y de cara al todo. En esta ocasión, busco destacar un componente quizá más profano en comparación a los anteriores, pero no menos influyente: el vértigo y la aventura, sensaciones humanas que rememoran nuestros saltos evolutivos, aquella tambaleante transformación de nuestra cotidianidad que avisa el estar ante un nuevo umbral.

Musicalmente es una acercamiento al metal, especialmente al power metal, por ser un género que evoca continuamente a la majestuosidad y la gloria épica, pero siempre con un dejo de melancolía, intuyendo tal vez que toda gloria y conquista será siempre pasajera. La guitarra de mi amigo Luis Rojas se equipara al Hammond, tal como Deep Purple en los 70 impusiera una nueva forma de sonoridad, de pesadez, de masa ruidosa como señal de una nueva era de progreso aparentemente ilimitado. Luego se suma un Melotrón con timbre de coro en homenaje a Rainbow, especialmente al tema Stargazer, canción monumental que en lenguaje mítico muestra la trágica e infructuosa búsqueda del ser humano por alcanzar la trascendencia y el conocimiento.

Buscando lo Eterno

Como mencioné en “No vi ningún dios”, el vuelo de Gagarin es un reflejo de un siglo, de una era, marcada por una nueva comprensión del universo en términos de su realidad material. Sin embargo, a pesar de haber eliminado las esperanzas en los relatos teológicos, la eternidad sigue siendo un destino implicito anhelado por nuestra especie. La búsqueda de los orígenes y el destino del universo, son muestras de nuestra curiosidad por establecer la historia del todo, de la realidad, y poder ser idealmente, nuestros propios dioses. La carrera espacial se hermana así con los ritos más antiguos y nuestras imágenes míticas más remotas, pues es el resultado tangible de nuestras aspiraciones antes condenadas a la abstracción y a la fantasía.

Aludo entonces a la música hindostani en la percusión, pues refleja a una cultura y a un sistema de creencias -el hinduísmo- que es de las pocas doctrinas humanas que logran dimensionar la magnitud de la existencia, narrándonos en sus mitos universos inmensos en perpetua creación y autodestrucción, ciclos cósmicos de miles de millones de años, y dioses que no pueden escapar a la rueda del dharma. La instrumentación y los arreglos son herencia del space rock, y también del gran Vangelis; música popular con la intención de representar la nueva perspectiva de la existencia humana: la posibilidad cierta de comprender y alcanzar, alguna remota vez, lo eterno.

Regreso a Casa

La Vostok despegó desde Kazajstán y regresó a la región caucásica de Saratov. Musicalmente saludo por ende a la música de Asia central y del Cáucaso, pero también hago alusiones al barroco, al rock sinfónico, y realizo pequeños arreglos corales al final; regresamos a nuestro hogar cada vez que enfocamos nuestra mirada al cosmos, pues como menciona Carl Sagan en el epílogo “una parte de nosotros sabe que de ahí venimos, anhelamos regresar, y podemos hacerlo…”.

Es un tema de pretensiones globales, la composición en gran parte se desarrolla solo en base a un modo transportado a un grado conjunto, y con adiciones rítmicas que desarrollan los motivos melódicos principales. Es una moneda de dos caras idénticas: cualquiera que sea la dirección de nuestro viaje, será siempre un regreso, pues como canta el coro: “tal como lo supieron los ancestrales creadores de mitos, somos tanto hijos de la tierra como del cielo”. Somos una inquieta especie que cumple con la cosmogonía de muchas mitologías hoy llamadas peyorativamente primitivas; el cielo, tanto la bóveda visible del espacio como aquel lugar simbólico de la trascendencia, literalmente nos ha creado y engendrado como un padre, depositándonos en la madre que es nuestro planeta, en donde hemos vivido nuestra larga gestación y maduración, y donde según parece, comienza a surgir nuestro impulso vital de nacer hacia la vida plena que sería comprender y recorrer el universo.

Sin duda quedan muchas aristas más a analizar y descubrir, en las últimas décadas se han registrado descubrimientos y aproximaciones a la naturaleza del universo que desafían incluso la comprensión de los más avezados expertos, y que como ha ocurrido en el pasado con descubrimientos similares, tal vez nos tome siglos asimilar plenamente, para transformar con total seguridad, nuestra realidad más cotidiana. El estudio del cosmos no es en absoluto una disciplina etérea desligada de la realidad urgente, ni se supedita a las otras legítimas necesidades que tenemos como sociedad. Alguna vez la humanidad fue incapaz de concebir una sociedad que no tuviera jerarquías monárquicas, que pusieran a seres de la misma especie, bajo la ficticia condición de superioridad debido a la errónea creencia de un mundo al centro del universo, como símbolo de un orden macrocósmico diseñado por un creador omnipotente. Tal estructura debía repetirse hasta nuestro orden social y familiar, como tributo a la simetría aparente. Desde las polémicas aseveraciones de Galileo, esa visión de la sociedad es cada vez más reconocida como inviable y antinatural, en cambio, emerge cada vez más la necesidad de igualarnos en nuestros derechos, y de procurar que la totalidad de nuestra especie acceda a las garantías que permitan nuestro pleno desarrollo.

El universo es como es, y no como nuestros deseos íntimos quisieran que fuese. El aprendizaje de la realidad cósmica implica siempre una ampliación de nuestros horizontes de sentido, un despojarse de un velo que nos hacía impensables las posibilidades que en un futuro serán condiciones básicas de la existencia. Somos seres afortunados, pues entre las millones de especies de la tierra, pudimos sobrevivir y desarrollar la capacidad de conocer y manipular nuestro entorno; en ocasiones, con una bajeza moral alarmante; en otras, con grandeza y humildad. No desperdiciemos nuestra chance de alcanzar las verdades más profundas, para eliminar el sufrimiento injusto de muchos de nosotros, y para alcanzar el llamado que la evolución nos ha impuesto, no seremos nosotros quienes veamos esos frutos, tal vez, ni siquiera sean propiamente humanos quienes lo hagan, pero al menos tengamos la generosidad que sí tuvieron miles de generaciones anteriores: contribuir a dejar el camino abierto hacia el futuro, para permitir que otros puedan seguir por él.

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