Todos tenemos una pasión vital, algo que nos estremece hasta lo más profundo y que, la mayoría de las veces, forma parte de nosotros desde siempre, sin poder identificar causas ni comienzos. En mi caso, mi pasión primordial no es ni el arte, ni la música, ni la filosofía: es la astronomía. Quizá las demás han sido una forma de llegar a ella por el camino sensible, quién sabe, pero lo cierto es que adentrarse en la naturaleza del cosmos es algo que me motiva desde que tengo memoria. Recuerdo así cuando tenía 3 años y le exigí a mi papá que me comprara en la feria un número de la revista “Fantaciencia” aún sin saber leer, por las imágenes que traía. O también cuando mi mamá, mi tía y mi abuela, por expresa petición mía, interrumpían la sacralidad de mis juegos en la calle para avisarme que en las noticias estaban dando algo del espacio; cualquier cosa, una caminata espacial, un satélite averiado, un nuevo cosmonauta en la MIR, motivaba que dejara corriendo el fútbol o las carreras para ir hacia la tele y ver imágenes del universo.

Así fue como desde siempre, un nombre en mi vida ha sido sinónimo de heroísmo, de monumentalidad y de fantasía alcanzada con el esfuerzo del trabajo: Yuri Gagarin. El día de hoy, hace 50 años, por primera vez un ser humano abandonó esta tierra para recorrerla y apreciarla con el universo como telón de fondo. Hace 50 años, el mundo se paralizó, y nunca volvería a ser el mismo. Mi abuela materna de notablemente lúcidos 80 años, me recalca cómo pasó de una niñez rural, sin radio ni fotografías, con nulo conocimiento acerca de esas cosas brillantes en el cielo, a ser testigo de los primeros vuelos espaciales. Conociéndola, creo que cuando piensa en ello no se logra reponer aún del impacto. Y yo tampoco. Pues en una era donde reina el desencanto egoísta y hedonista sumiso al consumo, y celebrado por la cínica filosofía posmoderna, pareciera que la realidad viene dada y que somos simples esclavos de las circunstancias, incapaces de sorprendernos ni de realizar actos sorprendentes. Bien nos hace recordar la hazaña de Yuri Gagarin, y de la sociedad que habitó; entre 200 candidatos, Gagarin fue escogido además de sus méritos profesionales, por su origen humilde de campesino y su juventud como operario de una fábrica, que antecedieron una brillante carrera científica y de aviador. Yuri Gagarin fue escogido para ser el primer ser humano en asomarse al cosmos por ser precisamente un ejemplo de aquello que olvidamos: ser humanos, pues según se desprende de las declaraciones suyas y del equipo a cargo, el viaje era un símbolo de la ciencia y la razón al servicio del bien común, personificado en un ciudadano soviético que según atestiguan múltiples fuentes, jamás perdió la hospitalidad ni la humildad que la vida le había hecho desarrollar.

La emoción de esos niños resulta conmovedora

Utilizado políticamente como estandarte positivo de la URSS, Gagarin aprovechó su tribuna mundial para recalcar lo hermoso y frágil de nuestro planeta dentro del cosmos, o que “no vio ningún dios allá arriba” que nos viniera a ayudar a resolver nuestras crisis tristemente aún vigentes. El viaje de Gagarin es quizá uno de los hitos más asombrosos y trascendentes de todos los tiempos, sin precedentes y difíclmente replicable en su impacto y consecuencias: comenzar a comprender el universo como la continuidad natural de nuestra existencia, la que empequeñecida abismalmente casi a la nada, nos obliga a cuestionarnos las pretensiones totalizantes de nuestras ideologías y creencias que por más profundas que sean, son el producto de una especie recluída por milenios a una pequeña mota de polvo suspendida en el vacío cósmico.

Yuri Gagarin murió 7 años después de su hazaña, a penas a los 34 años, tras perder el control del avión que pilotaba producto de la interferencia de una sonda. Gagarin podría haberse salvado si eyectaba, sin embargo evitó la maniobra para impedir que su avión se estrellara contra un colegio rural, desviándose hacia un bosque en donde murió producto del impacto. El primer vuelo espacial no fue solo un derroche de técnica, fue la demostración de que a pesar de nuestra fragilidad y finitud, tenemos la capacidad de producir logros asombrosos, los cuales tienen como único límite la ineptitud y el desgano individualista. Cuando en las noches contemplen al universo, recuerden que hace 50 años un ser humano igual que nosotros, estuvo ahí y dijo extasiado: «Pobladores del mundo, salvaguardemos esta belleza, no la destruyamos».

Categories: Textos

Leave a Reply