En Chile no hay arte. Así no más, ni creo que lo haya habido nunca (por lo que como toda creencia no está libre de ser refutada), y reconozco que escribiré lo siguiente sin la más mínima esperanza de ser comprendido, pero qué le vamos a hacer, al menos nadie del mundo del arte tendría cara de recriminármelo. Pero que no se mal entienda, no es que no haya artistas, ni obras de arte, de hecho los hay, y muchos son excelentes, el tema es ¿de qué hablamos cuando decimos que “hay o no hay arte”?. Vamos de frente sin hacerle el quite a las preguntas mal vistas y poco protocolares: ¿qué es acaso el arte? ¿no es acaso una institucionalidad implícita de la modernidad, que reasigna una función previa (o desfuncionaliza en términos prácticos) objetos y prácticas antes bien definidas? y habría que preguntar entonces ¿qué es la modernidad? ¿no es -o era dependiendo de si el lector ha sido seducido por la espuma posmoderna- la modernidad aquel proyecto cultural en donde la sociedad se constituiría ya no por jerarquías heredadas y fundamentadas por pueriles metafísicas, sino que por individuos reconocidos como sujetos capaces de llevar sus vidas por sí mismos, sin negación a priori de sus posibilidades?. A veces coincido con Platón en que “aprender es recordar”; los ríos de tinta escritos por 3 siglos respecto al tema más que enseñar, creo yo, nos recuerdan la naturaleza del problema, olvidada y manipulada por el tiempo.

Pues bien, habría que ser sincero y responder que Chile nunca ha sido una sociedad que se caracterice precisamente por eso de que la personas puedan optar a desarrollar sus vidas sin cargar con mochilas que una jerarquía asigne, o por haber nacido en comunas que no sean las privilegiadas que se cuentan con los dedos de una mano, o por la fortuna adversa que se focaliza a priori en color de piel o rasgos faciales que asemejen más al indígena que al conquistador. Nadie debería espantarse demasiado entonces si declaramos que en Chile no hay modernidad, ni la ha habido; por más que disfrutemos de sus resultados foráneos -como los arminículos tecnológicos- no hemos sido parte ni disfrutado ninguno de sus procesos. Entonces ¿cómo podemos tener arte sin modernidad?. *

Yo sé que muchos lectores de este sitio podrían decirme “pero cómo que no hay modernidad, si yo salgo de mi trabajo de 5 horas diarias, y en mi tiempo libre puedo ir al Starbucks un día random“, no me detendré en tal hipotética y por mí exagerada posición. Tengo aun más firme certeza de que muchos más lectores estarán pensando en responderme “pero wn, si el arte no está solo en las galerías ni en los museos, si el arte no solo lo hacen las personas que hayan podido estudiar una licenciatura en arte en una universidad acreditada. El arte está más allá de la crítica, del mercado, de la academia, de los medios: el arte está en la cultura que hace el ser humano para comunicarse y reflexionar no con el hemisferio izquierdo del cerebro (lenguaje lógico y matemático), sino que es aquel que nos habla desde el otro lado, el siniestro, el que piensa por la necesidad de pensar, el que usa colores y formas por la necesidad de que esos colores y formas sean usados libremente”. Y a esas personas yo les tendría que responder que los apoyo completamente en su postura, la cual comparto y trato de promover dentro de lo que pueda en este grupo artístico, les diría además que tal postura que sinceramente comparto, ha sido la que el occidente moderno ha tratado de asimilar producto de los aprendizajes dados a través de todas las ciencias humanas en el último siglo, en donde aparecen las todavía lejanas palabras “interculturalidad” o “etnocentrismo”. Pero lamentablemente la realidad ocurre independiente de los deseos particulares que sobre ella se tengan (aprovecho entonces este espacio na que ver para decir que “El secreto” y sus derivados new age de leyes de atracción, de mentes holísticas y de imanes que curan el cáncer porque tú quieres, no son más que ramplonas supercherías hijas de la posmodernidad anarcocapitalista). En ese mundo objetivo que por supuesto a escala humana siempre es construido y nunca dado, el arte no es tal cosa, pues conviene que no lo sea.

Podemos además, ser testigos de las consecuencias: tenemos a un “arte” que trata de existir en una sociedad que no puede sostener su existencia, y que patalea porque todas sus patas están disparejas. Los artistas le echan la culpa a la crítica(1), la crítica le echa la culpa a los medios(2), los medios le echan la culpa al público(3), y el público les echa la culpa a los artistas(4):

(1): Recordemos la carta de Bloc, la respuesta de Justo Mellado, y el debate que acá hubo.

(2): Lo verificará todo aquel que haya tratado el tema directa o indirectamente con críticos, en el sentido laboral del término.

(3): Ver las justificaciones de la televisión abierta.

(4): Cosa de leer los libros de visitas de las galerías de arte.

Lo triste es que todos tienen razón, y lo ya desesperante es que nadie da el primer paso. Es decir, muchos lo han dado, pero por supuesto, como implicaría refundar lo que se entiende burocráticamente por arte, quedan fuera: no los llaman más para ser jurados de concursos, no les dan más fondos, son menos vistos-comprados-oídos por los lectores-televidentes-auditores, y son menos vistos como público culto que contempla una obra de arte. El qué hacer al respecto se vuelve entonces una pregunta que para continuar con los clichés del mundillo, nos trae más preguntas. Pero no por ello nos deja de otorgar respuestas; podemos hacernos los giles y seguir llenando formularios, seguir jugando al crítico choro, al medio hipster, o al público al citar a algún filósofo francés de los 60; podemos salir a la calle a tratar de romper el juego, viendo con impotencia como la malditamente necesaria plata siempre se va en mayores cantidades para los apellidos de las etnias que inventaron el cañón y la bomba atómica, pero sintiendo la satisfacción de no ser parte de una mentira; o podemos ocupar buena parte de nuestras valiosas neuronas en indagar la forma de que las dos opciones ya mostradas lleguen a convivir, no sin antes por supuesto, tener una sociedad con las condiciones para que ello sea viable. La dificultad es grande, y el hacerlo conscientemente es duro, pero no por ello menos necesario ni honesto.

En Chile no hay arte; así como Parra escribiese que no éramos país sino que un paisaje, tendríamos que decir que nuestros artistas, incluyendo a los más notables y sus obras, son la germinación marginal que en su excepción valida e invisibiliza la sociedad homogenizantemente fragmentaria que hemos heredado.

 

Christian Álvarez

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